Causa admiración ver la forma en que
conductores de vehículos, en general, irrespetan la vida ajena, inclusive la de
los mismos vigilantes de tránsito. Tenía que llegar rápido al trabajo pero el
semáforo en verde no me ayudaba mucho. Levante mi brazo esperando que un taxi
me hiciera caso pero no fue sino hasta varios minutos, mis ansias me comían. Por
fin uno me ve, se detiene, es uno de esos carros con vidrios polarizados, me subo
al “vuelo”. Luego de unos segundos de
viaje me lamente por no esperar otro taxi. Este señor conducía de la misma
manera que me subí. En el interior del vehículo parecía que había anochecido en
un segundo, cortinas cubriendo las ventanas, luces de chongo por los costados,
mientras le decía a donde me dirigía, pensaba: será que le falta un tornillo a
este taxista, no percibe que el olor a gasolina era más fuerte que el perfume
que llevaba puesto.
El carro alegórico que me transportaba llamaba
la atención no sólo de todo aquel que tenía la “dicha de verlo” sino también de
los vigilantes de tránsito. De esos que
aparecen por arte de magia en las esquinas, aquellos a los que llaman “buitres”
y no por su aspecto sino por su proceder, con ciertas excepciones, pero era de
esperarse este carro no debería de haber aprobado ni la matriculación del 2009. Cruzó la calle y apareció el semáforo en rojo,
al conductor le causó fastidio, para mí fue una luz de esperanza, era el
momento que había esperado, no lo podía desaprovechar se detiene y me mira
diciendo: niña vienen los vigilantes, esperé que se acercaran y abrí la puerta
como quién escapa de un secuestro express.
Tras el último accidente que pude ver en las vías, no quería ser parte
de las estadísticas, me baje, no lo dude, sintiendo pena por el taxista, el del
casco blanco venía con paso lento pero seguro, era como predecir el futuro, ya
imaginamos cómo terminará esto, pero no puedo esperar a verlo, mejor vuelvo a
sacar mi brazo, ojalá esta vez sí pueda llegar a mi destino.
Por Olga Rendon M.







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